
La primera noche del verano siempre esconde algún misterio.
Es lo que tiene el verano, el calor vuelve al cuerpo más receptivo y al corazón más duro.
Pareciera que se resecase al sol y convirtiera en piedra. Como las gárgolas de día, así la fuente de todos mis problemas, de noche.
Por todo ello, decidí hace unos meses que llamaría Goliath a mi corazón, me gustaban esos dibujos de pequeña.
Me llamo Mónica, aunque mis amigos me dicen Niki. Suena pijo y detestable, lo sé, pero ya no puedo luchar contra ellos.
El apodo viene por derivación, a saber:
Mónica -> Nica -> Nika (porque todo queda mejor con K, claro) -> Niki
Sospecho que el siguiente paso será cambiar la última “i” por una “y”, porque todo queda mejor con “y”, claro.
Panda de subnormales…
Nunca he entendido la manía de la gente por acortar, cambiar y mutilar los nombres, me parece absurdo. Como si tu nombre realmente dijera algo de quien eres. Podría llamarme Obdulia y seguiría siendo igual.
Igual de desordenada, de antisocial y de rarita.
Hace unos meses que me mudé a Marsella por motivos de trabajo, o más bien, por falta del mismo.
Tengo algo de familia aquí y había un hueco en la empresa de mi tío.
Si es que a dos tiendas y media de helados se le puede llamar empresa…
Desde entonces el único avance de mi vida ha sido aprender a diferenciar el helado de turrón del helado de chocolate y galleta. Eso y conocer a Goliath.
Debo decir que no nos llevamos muy bien. Se supone que tendríamos que ponernos de acuerdo sobre a qué tías seguir y a qué tías no. La verdad es que poseemos conflictos serios en cuanto a eso.
Ahora estoy caminando sola con él por el paseo marítimo, por suerte el calor ha decidido darnos un respiro a ambos. Así podemos mirarnos a los ojos y reprochárnoslo todo sin sudar demasiado.
A lo lejos me espera una figura irreconocible, aunque los dos sabemos quién es. Él no está de acuerdo, pero no tiene voz ni voto.
Me acerco despacio, la sonrisa va cogiendo carrerilla en mi garganta para saltar a mi boca en cuanto me veo frente a ella, una vez más. Desarmada, indefensa ante sus ojos, ante sus manos, ante sus labios. Goliath no tiene nada que hacer contra ella. Y lo sabe.
- Ya pensé que no venías…
Me habla y siento un escalofrío, sus palabras escapando suavemente entre esos dientes perfectos y eso labios finos y rosados.
Muchas veces he deseado ser una palabra de Audrey, podría escapar de su garganta.
Si fuera un grito me sentiría como una explosión nuclear en su boca… O un susurro para salir a hurtadillas entre su respiración.
- Yo siempre vengo… Tarde, pero vengo –bromeo –Lo siento, hemos tardado más en cerrar la tienda.
- No te preocupes, la verdad es que acabo de llegar –Se río, dios mataría por esa risa…
- En ese caso empat…
No me deja terminar. Se me abalanza, abrazándose a mi cuello, fundiéndome los labios con los suyos. Prendiendo fuego a cada milímetro cuadrado de mi piel.
Rodeo su cintura con mis brazos, es igual que coger una nube. Tan suave. Tan frágil. Tan inalcanzable.
El beso se rompe, el abrazo no. Me susurra pegada a mi boca.
- Vamos a mi casa. Te tengo una sorpresa.
- Donde tú me lleves…
La beso de nuevo, no puedo despegarme de ella. Goliath me mira con recelo. No me importa. Cada vez que Audrey me habla, con su vocecita dulce y sus labios arqueados como exige el habla francesa… No puedo hacer más que apagar la luz de la habitación de Goliath y mandarlo a dormir.
Me coge de la mano y caminamos juntas por la playa, vamos hacia su casa. La primera noche del verano pinta bien.
Es lo que tiene el verano, el calor vuelve al cuerpo más receptivo y al corazón más duro.
Pareciera que se resecase al sol y convirtiera en piedra. Como las gárgolas de día, así la fuente de todos mis problemas, de noche.
Por todo ello, decidí hace unos meses que llamaría Goliath a mi corazón, me gustaban esos dibujos de pequeña.
Me llamo Mónica, aunque mis amigos me dicen Niki. Suena pijo y detestable, lo sé, pero ya no puedo luchar contra ellos.
El apodo viene por derivación, a saber:
Mónica -> Nica -> Nika (porque todo queda mejor con K, claro) -> Niki
Sospecho que el siguiente paso será cambiar la última “i” por una “y”, porque todo queda mejor con “y”, claro.
Panda de subnormales…
Nunca he entendido la manía de la gente por acortar, cambiar y mutilar los nombres, me parece absurdo. Como si tu nombre realmente dijera algo de quien eres. Podría llamarme Obdulia y seguiría siendo igual.
Igual de desordenada, de antisocial y de rarita.
Hace unos meses que me mudé a Marsella por motivos de trabajo, o más bien, por falta del mismo.
Tengo algo de familia aquí y había un hueco en la empresa de mi tío.
Si es que a dos tiendas y media de helados se le puede llamar empresa…
Desde entonces el único avance de mi vida ha sido aprender a diferenciar el helado de turrón del helado de chocolate y galleta. Eso y conocer a Goliath.
Debo decir que no nos llevamos muy bien. Se supone que tendríamos que ponernos de acuerdo sobre a qué tías seguir y a qué tías no. La verdad es que poseemos conflictos serios en cuanto a eso.
Ahora estoy caminando sola con él por el paseo marítimo, por suerte el calor ha decidido darnos un respiro a ambos. Así podemos mirarnos a los ojos y reprochárnoslo todo sin sudar demasiado.
A lo lejos me espera una figura irreconocible, aunque los dos sabemos quién es. Él no está de acuerdo, pero no tiene voz ni voto.
Me acerco despacio, la sonrisa va cogiendo carrerilla en mi garganta para saltar a mi boca en cuanto me veo frente a ella, una vez más. Desarmada, indefensa ante sus ojos, ante sus manos, ante sus labios. Goliath no tiene nada que hacer contra ella. Y lo sabe.
- Ya pensé que no venías…
Me habla y siento un escalofrío, sus palabras escapando suavemente entre esos dientes perfectos y eso labios finos y rosados.
Muchas veces he deseado ser una palabra de Audrey, podría escapar de su garganta.
Si fuera un grito me sentiría como una explosión nuclear en su boca… O un susurro para salir a hurtadillas entre su respiración.
- Yo siempre vengo… Tarde, pero vengo –bromeo –Lo siento, hemos tardado más en cerrar la tienda.
- No te preocupes, la verdad es que acabo de llegar –Se río, dios mataría por esa risa…
- En ese caso empat…
No me deja terminar. Se me abalanza, abrazándose a mi cuello, fundiéndome los labios con los suyos. Prendiendo fuego a cada milímetro cuadrado de mi piel.
Rodeo su cintura con mis brazos, es igual que coger una nube. Tan suave. Tan frágil. Tan inalcanzable.
El beso se rompe, el abrazo no. Me susurra pegada a mi boca.
- Vamos a mi casa. Te tengo una sorpresa.
- Donde tú me lleves…
La beso de nuevo, no puedo despegarme de ella. Goliath me mira con recelo. No me importa. Cada vez que Audrey me habla, con su vocecita dulce y sus labios arqueados como exige el habla francesa… No puedo hacer más que apagar la luz de la habitación de Goliath y mandarlo a dormir.
Me coge de la mano y caminamos juntas por la playa, vamos hacia su casa. La primera noche del verano pinta bien.

